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martes, 28 de diciembre de 2010

Los falsos Profetas




POR SU FRUTOS LOS CONOCEREIS - CRISTO

 “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los reconoceréis. ¿Pueden cogerse racimos de los espinos o higos de los abrojos?

 “De igual modo, todo árbol bueno da frutos buenos, pero un árbol malo, da frutos malos. El árbol que no da buenos frutos, sólo sirve para ser talado y arrojado al fuego. Por los frutos, pues, distinguiréis lo bueno de lo malo. (Cap. 27, 8-9)

Cristo explica, rectifica y profundiza la palabra:

Al final de los días materialistas, del tiempo de acaparar y codiciar, aparecerán muchos falsos profetas. Hablarán mucho sobre el amor de Dios —y, sin embargo, sus obras serán obras humanas—. No es un profeta auténtico y un sabio espiritual el que habla del amor de Dios, sino únicamente aquel cuyas obras son buenas. El don para examinar esto sólo lo tiene aquel que primero examina su propia convicción: si él mismo cree de verdad en el evangelio del amor desinteresado y cumple también el sentido del evangelio —y lo que él mismo ya ha realizado, por amor desinteresado a su prójimo.

Sólo podréis reconocer a vuestros semejantes y sentir la diferencia entre bueno y malo cuando hayáis alcanzado algunos grados de madurez espiritual. Quien aún condena a su prójimo y piensa y habla negativamente de él, no puede todavía examinar a sus semejantes. Le falta discernimiento. Sólo juzga —no examina.

Si vosotros mismos aún sois un mal fruto, ¿cómo podréis reconocer a los buenos frutos? A quien no realiza las leyes de Dios, le falta discernimiento sobre lo que es bueno, menos bueno y malo. Quien desee examinar a su prójimo, primero deberá pues autoexaminarse, ver si posee el don de discernir entre lo justo y lo injusto.

Con mucha facilidad se puede desechar un buen fruto y dar asentimiento al mal fruto: cuando el fruto podrido se ha destacado con mucha oratoria y obra con muchas palabras y gestos aparentemente convincentes. Comprended: los iguales se atraen. A quien todavía es un fruto podrido, le son más cercanos los frutos podridos que los buenos. Pero quien es desinteresado, es un fruto bueno y también lo bueno, lo desinteresado, está cerca suyo.

Quien es desinteresado, también tiene el discernimiento para distinguir entre los frutos buenos, menos buenos y malos. Así pues, quien desee distinguir entre frutos buenos y malos, primero deberá ser él mismo un fruto bueno. Sólo el fruto bueno puede reconocer a los malos. El mal fruto busca una y otra vez a los malos frutos que le son afines, para obrar contra los frutos buenos. Los malos frutos condenan, desechan, juzgan y atan.

Los frutos buenos y maduros tienen comprensión, son benévolos y tolerantes, y bondadosos para con su prójimo. Ciertamente llaman la atención sobre las irregularidades, pero conservan a su prójimo en su corazón. Esto significa: ya no valoran, ni condenan ni juzgan.

Repito: por sus frutos los reconoceréis.

El buen fruto conoce al mal fruto, pero el mal fruto no reconoce al buen fruto. El buen fruto sólo se fija en lo bueno, el mal fruto sólo en lo malo. Análogamente piensa, habla y actúa el hombre.





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